¿Por qué una persona mayor pierde el apetito? Causas, riesgos y qué hacer

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Es habitual que, con el paso de los años, cambie la relación con la comida. Muchas personas mayores empiezan a comer menos cantidad, dejan parte del plato sin terminar o muestran menos interés por alimentos que antes disfrutaban. A menudo estos cambios aparecen poco a poco y pasan desapercibidos hasta que un familiar observa una pérdida de peso, nota que la nevera está casi vacía o descubre que cocinar ha dejado de formar parte de su rutina.

Aunque el envejecimiento influye en el apetito, perder las ganas de comer no debería considerarse una consecuencia inevitable de la edad. Detrás de esta situación pueden encontrarse problemas de salud, cambios emocionales o dificultades cotidianas que, si no se detectan a tiempo, terminan afectando al estado nutricional y a la autonomía de la persona mayor. Comprender qué está provocando esa falta de apetito es el primer paso para poder actuar.

¿Es normal que una persona mayor tenga menos apetito?

Hasta cierto punto sí. Con los años el metabolismo se ralentiza y las necesidades energéticas disminuyen, por lo que muchas personas necesitan ingerir menos calorías que en etapas anteriores de su vida. Además, el gusto y el olfato pierden sensibilidad, algunos alimentos parecen menos sabrosos y la sensación de saciedad llega antes.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre comer un poco menos y perder el interés por la comida. Cuando una persona mayor apenas tiene hambre durante semanas, pierde peso sin proponérselo o deja de disfrutar completamente de las comidas, conviene averiguar qué está ocurriendo. En muchos casos, la edad no es la causa principal, sino el desencadenante de otros problemas que sí pueden tratarse.

¿Cuáles son las causas más frecuentes?

La pérdida de apetito rara vez tiene un único origen. Lo habitual es que coincidan varios factores al mismo tiempo, algunos físicos y otros relacionados con el estado emocional o las circunstancias personales. Identificar la causa es importante porque la solución será diferente en cada caso.

Entre los motivos más habituales se encuentran:

  • Cambios en el gusto y el olfato, que hacen que la comida resulte menos apetecible.
  • Problemas dentales, prótesis mal ajustadas o molestias al masticar.
  • Dificultades para tragar determinados alimentos.
  • Enfermedades agudas o crónicas que reducen el apetito.
  • Medicamentos cuyos efectos secundarios incluyen náuseas o alteraciones del gusto.
  • Tristeza, ansiedad o depresión.
  • Soledad o pérdida de interés por cocinar cuando se vive solo.
  • Dificultades para hacer la compra o preparar las comidas.

En muchas ocasiones no existe una única explicación. Una persona puede vivir sola, tener molestias al masticar y estar tomando varios medicamentos al mismo tiempo. Cuando estos factores se acumulan, es habitual que la alimentación vaya empeorando de forma progresiva sin que la familia sea plenamente consciente de ello.

Qué riesgos tiene comer demasiado poco

Comer menos de lo necesario durante unos días puede no tener consecuencias importantes, pero cuando la situación se prolonga en el tiempo el organismo empieza a resentirse. La pérdida de peso suele ser el primer signo visible, aunque no es el único ni necesariamente el más preocupante.

Una alimentación insuficiente favorece la pérdida de masa muscular, disminuye la fuerza y hace que actividades tan cotidianas como caminar, levantarse de una silla o subir escaleras requieran un esfuerzo cada vez mayor. Como consecuencia, aumenta el riesgo de caídas, fracturas y pérdida de autonomía.

Además, una persona mayor que no recibe los nutrientes suficientes suele recuperarse peor después de una enfermedad o de una intervención quirúrgica. Su sistema inmunitario también puede debilitarse y aumentar la probabilidad de sufrir infecciones o complicaciones derivadas de otros problemas de salud.

Cómo detectar que la alimentación está empezando a ser un problema

No siempre resulta fácil identificar que una persona mayor está comiendo menos de lo que necesita, especialmente cuando vive sola. Por eso es importante fijarse en pequeños cambios que, aunque parezcan poco relevantes, pueden ofrecer muchas pistas sobre cómo se encuentra.

Algunas señales que conviene observar son:

  • Pérdida de peso sin una causa aparente.
  • Ropa que empieza a quedar más holgada.
  • Nevera con pocos alimentos frescos o productos caducados.
  • Platos que vuelven casi intactos a la cocina.
  • Cansancio o debilidad más acusados de lo habitual.
  • Poco interés por cocinar o por sentarse a comer.
  • Comentarios frecuentes como “no tengo hambre” o “con cualquier cosa me basta”.

Detectar estos cambios a tiempo permite actuar antes de que aparezcan problemas más importantes. En muchas ocasiones basta con mantener una conversación tranquila para descubrir que cocinar se ha convertido en una tarea demasiado complicada o que existe alguna molestia física que la persona no había comentado.

Qué puede hacerse para mejorar el apetito

No existe una solución universal porque todo dependerá del motivo que esté provocando la pérdida de apetito. Aun así, hay algunas medidas que suelen resultar útiles y que pueden ayudar a recuperar poco a poco unos hábitos de alimentación más adecuados.

Entre las recomendaciones que con más frecuencia ofrecen los profesionales se encuentran:

  • Repartir la alimentación en cinco o seis comidas pequeñas al día.
  • Priorizar alimentos ricos en proteínas y con un buen aporte energético.
  • Adaptar la textura de los alimentos si existen dificultades para masticar o tragar.
  • Mantener horarios regulares para las comidas.
  • Favorecer una correcta hidratación durante todo el día.
  • Realizar actividad física adaptada, siempre que sea posible.
  • Intentar que la persona coma acompañada con cierta frecuencia.

También es recomendable cuidar el entorno. Comer con prisas, hacerlo frente al televisor o en un ambiente poco agradable puede reducir todavía más el interés por la comida. En cambio, una mesa preparada con tranquilidad, platos apetecibles y la compañía de otras personas suelen favorecer que las comidas vuelvan a convertirse en un momento agradable.

¿Cuándo conviene consultar con un profesional?

Aunque una disminución puntual del apetito puede no tener importancia, hay situaciones en las que es recomendable buscar atención médica para identificar la causa cuanto antes.

Conviene consultar si la persona mayor:

  • Pierde peso de forma significativa en pocas semanas.
  • Apenas come durante varios días seguidos.
  • Tiene dificultad para tragar o se atraganta con frecuencia.
  • Presenta vómitos, náuseas o molestias digestivas persistentes.
  • Muestra signos de deshidratación.
  • Experimenta cambios importantes en su comportamiento o estado de ánimo.

Cuanto antes se detecte el origen del problema, más posibilidades habrá de evitar complicaciones y de recuperar un buen estado nutricional.

La importancia del apoyo familiar

En muchas ocasiones son los hijos o las personas más cercanas quienes detectan los primeros cambios. Compartir una comida, acompañar a hacer la compra o simplemente observar qué alimentos hay en casa puede aportar mucha información sobre cómo se está alimentando la persona mayor.

Más que insistir continuamente para que coma, suele ser más útil intentar comprender qué está dificultando la alimentación. A veces la solución pasa por revisar un tratamiento médico, adaptar la dieta o facilitar ayuda para hacer la compra y preparar las comidas. En otras ocasiones, contar con apoyo domiciliario permite que la persona mantenga una alimentación equilibrada, una buena hidratación y una rutina diaria que contribuye a conservar su salud y su autonomía durante más tiempo.

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